Antaño

Ella le mira. Él la mira. Los dos se miran y no se dicen nada. Cuando la película está a punto de acabar, ella le pregunta qué le apetece cenar. Pasan unos segundos, quizá demasiados para una pregunta tan fácil, y cuando ella cree que no va a obtener respuesta alguna, la voz de él, que se alza sobre la tenue música del final y de los títulos de crédito, le responde que sopa.Él cambia de canal. Ella se levanta, va hacia la cocina y pone al fuego una gran olla verde oscuro. Mientras espera que el caldo amarillo rompa a hervir, enciende la radio que tiene fija en la mesa de la cocina y las palabras de uno, de muchos, de todos acaban inundando el blanco espacio de la cocina. A los pocos minutos, del líquido amarillo comienzan a brotar pequeñas burbujas. Ya está hirviendo. Ella, en silencio, abandona las palabras de la radio, abre uno de los armarios blancos y coge un bote repleto de diminutas letras secas. Esparce un gran montón sobre el frío mármol de la encimera y rápidamente, con una enorme destreza, las separa por grupos y comienzan a nacer sustantivos, verbos, conjunciones, preposiciones, números, adjetivos, nombres propios. Cuando tiene delante todas las palabras que le hacen falta, las va agrupando por orden, una detrás de otra, hasta que logra hacer una bonita y larga frase que en realidad no es suya, sino que la leyó por la mañana en un libro de poesía. Sabe que a él, si ella tuviera el valor necesario para pronunciarlas en voz alta y él le prestase algo de atención, le conmoverían este par de hermosos versos. Pero la vida no es perfecta y ella se conforma con echar esas letras en la gran olla verde oscuro y esperar que pasen unos minutos.Con ojos soñadores y el corazón alegre, vuelve a las conversaciones de la radio y sonríe ante la cantidad de palabras que algunas personas son capaces de pronunciar en sólo unos instantes. Apaga el fuego y, con una destreza envidiable, consigue que todas las letras de la olla caigan sobre el mismo plato. Lleva la cena a la mesa. El televisor, siempre encendido, continúa escupiendo palabras peligrosas, amenazantes, repletas de malos presagios. Él, que no aparta la vista de las noticias, se levanta del sofá y se sienta a la mesa. Remueve con la cuchara la ingente cantidad de letras, la mira de reojo y, en silencio, se pregunta por qué demonios no podrá poner nunca la sopa con fideos.

4 comentarios:

Veju dijo...

vuelve a las conversaciones de la radio y sonríe ante la cantidad de palabras que algunas personas son capaces de pronunciar en sólo unos instantes.

Me encanta esa parte. transmite todo lo que de veras siente Ella

Me parece haberlo leído antes
verdad que si??

Sigue escribiendo po'
quiero leer más

te quieroo
dos palabras muy esenciales en la vida

jejej


bye

Veju dijo...

aah
y me encanta como esta el blog ahora
es que el fondo blanco es mi favorito
jujuju
y tienes tu foto y too loco
jeje

Danelí dijo...

Holaaa
me alegró mucho encontrarte aquí (después de que tu me encontraste)
la verdad es que me gusta más el blog que el flog, debe ser porque lo siento más mío (mis palabras, mis lecturas, mis fotos, mi música....es más real).
te voy de jar mi correo por si quieres agregarme para intercambiar música y charlar: dani_matamala@hotmail.com


un beso y cuídate
ahh, y sigue estornudando que queremos seguir leyendo (este texto también se me hace conocido, creo que lo había leido en el blog que tenías antes)

Veju dijo...

Definitivamente me hizo reír la convinación del chico Equilibrio y tu jajajajajaja
tantas veces que lo hemos conversado jujuju

Me encanta la imagen del título
ta too lindo

Tomate las gotas
y coe de a poquito po'
besotes mensota linda

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