El mundo avanza en círculos, me dicen,
o es más bien que se mueve en espiral
y por tanto no avanza, se concentra
o se dispersa interminablemente,
sin un fin ni un principio, sin objeto
y sin sentido, sin porqué ni adónde.
La vida, entonces, vuelve a reencontrarse
con lo que fue su origen, su semilla,
la medida de todos sus fracasos,
el hueco donde caben nuestros miedos
y al que se ajustan nuestras esperanzas.
Y dando por supuesto que las cosas
sean así, tan crudas y tan frágiles,
dime qué hacemos tú y yo aquí parados,
soportando el embate de la nada,
el azote que nunca merecimos
o ese dardo llamado indiferencia
o mala suerte o época difícil.
Dime, aunque tengas que mentirme un poco,
que no estamos perdidos, que aún hay grietas
por las que puede entrar algún consuelo,
que esto no es otro de esos callejones
sin salida y sin luz donde espantarnos,
donde perder la fe y ganar el llanto.
Convénceme, prométeme la vida.
Amalia Bautista
Espiral
Sombra-tu
Juguemos al cielo amarillo, al mar índigo
bordemos por ahí donde quiera mi brisa.
Mi brisa y tu brisa
[Envidia sufrir]
Creamos dos finales.
Lánzate con un poco de temblor
apaga la luz y enciende las casualidades.
En el reflejo guarda la ropa y el árbol de navidad
mis palabras
atraviésalas
rómpelas
fóllame el espanto
y luego
márchate,
domina y márchate.
-¿Va a villa Los Álamos?
- No! Paso por villa Los Álamos jajaja hay que ponerle un poco de humor a la vida
¿Por qué te empeñas en querer abrazarme con tus fríos brazos? No temes acaso a que algún día puedas al
canzarme. No sabes siquiera que me dicen “la extraña de la
Busco algo que no tiene nombre. Ya lo encontré
en el agua de un arroyo, en la cima
y en las laderas de ciertas montañas,
en las nubes de algunos cielos, en la selva cerrada
que esconde algunos valles.
Lo encontré ya muchas veces,
pero no encuentro su nombre, volveré
al agua,
al cielo,
a la tierra,
volveré
hasta descubrirlo.
Hacia el calor de nadie
donde se asfixia esta soledad
donde se seca la noche
en este polvo rojo que se extiende
bajo los pasos que rebuscan su camino
El horizonte grita sin sonidos
cuerpos sin nombre
Hacia el calor de nadie
repetido redundante restregado
sobre la piel cuando los vientos
revisan las heridas
No pasa nadie no queda nada
solo esta tos vacía que rebaja
a un solo color el corazón que anda.
Antaño
hirviendo. Ella, en silencio, abandona las palabras de la radio, abre uno de los armarios blancos y coge un bote repleto de diminutas letras secas. Esparce un gran montón sobre el frío mármol de la encimera y rápidamente, con una enorme destreza, las separa por grupos y comienzan a nacer sustantivos, verbos, conjunciones, preposiciones, números, adjetivos, nombres propios. Cuando tiene delante todas las palabras que le hacen falta, las va agrupando por orden, una detrás de otra, hasta que logra hacer una bonita y larga frase que en realidad no es suya, sino que la leyó por la mañana en un libro de poesía. Sabe que a él, si ella tuviera el valor necesario para pronunciarlas en voz alta y él le prestase algo de atención, le conmoverían este par de hermosos versos. Pero la vida no es perfecta y ella se conforma con echar esas letras en la gran olla verde oscuro y esperar que pasen unos minutos.Con ojos soñadores y el corazón alegre, vuelve a las conversaciones de la radio y sonríe ante la cantidad de palabras que algunas personas son capaces de pronunciar en sólo unos instantes. Apaga el fuego y, con una destreza envidiable, consigue que todas las letras de la olla caigan sobre el mismo plato. Lleva la cena a la mesa. El televisor, siempre encendido, continúa escupiendo palabras peligrosas, amenazantes, repletas de malos presagios. Él, que no aparta la vista de las noticias, se levanta del sofá y se sienta a la mesa. Remueve con la cuchara la ingente cantidad de letras, la mira de reojo y, en silencio, se pregunta por qué demonios no podrá poner nunca la sopa con fideos.
