Sombra-tu

Juguemos al cielo amarillo, al mar índigo
bordemos por ahí donde quiera mi brisa.
Mi brisa y tu brisa
[Envidia sufrir]
Creamos dos finales.
Lánzate con un poco de temblor
apaga la luz y enciende las casualidades.
En el reflejo guarda la ropa y el árbol de navidad
mis palabras
atraviésalas
rómpelas
fóllame el espanto
y luego
márchate,
domina y márchate.

-¿Va a villa Los Álamos?

- No! Paso por villa Los Álamos jajaja hay que ponerle un poco de humor a la vida

¿Por qué te empeñas en querer abrazarme con tus fríos brazos? No temes acaso a que algún día puedas alcanzarme. No sabes siquiera que me dicen “la extraña de la 15”. Intuyo, porque eso dicen que hacemos las mujeres, intuyo que más temo yo. Entonces salgo arrancando con ganas de que me alcances. Con miedo y con ansias, dejando una estela para que me veas, para que me veas tú, no permitamos que alguien se equivoque. Pero corre, no tan rápido, no vaya a ser que el juego se termine antes de lo esperado. Con un poco de ti y con otro poco de mi.

Busco algo que no tiene nombre. Ya lo encontré
en el agua de un arroyo, en la cima
y en las laderas de ciertas montañas,
en las nubes de algunos cielos, en la selva cerrada
que esconde algunos valles.
Lo encontré ya muchas veces,
pero no encuentro su nombre, volveré
al agua,
al cielo,
a la tierra,
volveré
hasta descubrirlo.

En tiempos en que Tierra del Fuego es el mejor nombre entonces todo se convierte en una oración imperativa en donde no hacemos más que ser reflejo puro e inescrupulosamente falso de atropellos que si mi persona me lo permitiera, no atendería jamás a ellos. Pero como soy débil (tan) y apenas puedo sobreponerme al cálido recibimiento que dan los tan bien entrenados, porque es que ¡les creo! Y entonces voy y ahí estoy…y a la salida todos uniformemente uniformados. ¿Quién se puede resistir a un gota que avanza por la nariz a punto de caer cuando la quitas con el puño del chaleco húmedo? i n c o m p a r a b l e .

Hacia el calor de nadie
donde se asfixia esta soledad
donde se seca la noche
en este polvo rojo que se extiende
bajo los pasos que rebuscan su camino
El horizonte grita sin sonidos
cuerpos sin nombre
Hacia el calor de nadie
repetido redundante restregado
sobre la piel cuando los vientos
revisan las heridas
No pasa nadie no queda nada
solo esta tos vacía que rebaja
a un solo color el corazón que anda.

Antaño

Ella le mira. Él la mira. Los dos se miran y no se dicen nada. Cuando la película está a punto de acabar, ella le pregunta qué le apetece cenar. Pasan unos segundos, quizá demasiados para una pregunta tan fácil, y cuando ella cree que no va a obtener respuesta alguna, la voz de él, que se alza sobre la tenue música del final y de los títulos de crédito, le responde que sopa.Él cambia de canal. Ella se levanta, va hacia la cocina y pone al fuego una gran olla verde oscuro. Mientras espera que el caldo amarillo rompa a hervir, enciende la radio que tiene fija en la mesa de la cocina y las palabras de uno, de muchos, de todos acaban inundando el blanco espacio de la cocina. A los pocos minutos, del líquido amarillo comienzan a brotar pequeñas burbujas. Ya está hirviendo. Ella, en silencio, abandona las palabras de la radio, abre uno de los armarios blancos y coge un bote repleto de diminutas letras secas. Esparce un gran montón sobre el frío mármol de la encimera y rápidamente, con una enorme destreza, las separa por grupos y comienzan a nacer sustantivos, verbos, conjunciones, preposiciones, números, adjetivos, nombres propios. Cuando tiene delante todas las palabras que le hacen falta, las va agrupando por orden, una detrás de otra, hasta que logra hacer una bonita y larga frase que en realidad no es suya, sino que la leyó por la mañana en un libro de poesía. Sabe que a él, si ella tuviera el valor necesario para pronunciarlas en voz alta y él le prestase algo de atención, le conmoverían este par de hermosos versos. Pero la vida no es perfecta y ella se conforma con echar esas letras en la gran olla verde oscuro y esperar que pasen unos minutos.Con ojos soñadores y el corazón alegre, vuelve a las conversaciones de la radio y sonríe ante la cantidad de palabras que algunas personas son capaces de pronunciar en sólo unos instantes. Apaga el fuego y, con una destreza envidiable, consigue que todas las letras de la olla caigan sobre el mismo plato. Lleva la cena a la mesa. El televisor, siempre encendido, continúa escupiendo palabras peligrosas, amenazantes, repletas de malos presagios. Él, que no aparta la vista de las noticias, se levanta del sofá y se sienta a la mesa. Remueve con la cuchara la ingente cantidad de letras, la mira de reojo y, en silencio, se pregunta por qué demonios no podrá poner nunca la sopa con fideos.

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